domingo, 29 de enero de 2012

29110

Amaneció frío y nublado, como cada uno de los días que llevaba allí encerrado. Comprobó que su cuerpo seguía igual de entumecido y anduvo los diez metros que le separaban de la cocina lo más relajado posible.
Llevaba así el tiempo suficiente como para haberse acostumbrado, pero no lo bastante para pensar que aquello no terminaría tan fácil y tranquilamente como cualquier otro resfriado.
Siguió la misma rutina agotadora para sus piernas destrozadas que llevaba siguiendo los últimos días.
Tragó el nuevo cóctel de pastillas que le habían hecho tomar y se bebió la leche, notando que su pulso había empeorado todavía más; no había forma de controlar su mano temblorosa que ahora parecía solo hacer que "lo que fuera que le pasaba" resultara mucho más extraño.
Volvió el camino que había seguido y se protegió otra vez entre sus sábanas. Estaba cansado.
Últimamente aquel lugar parecía ser el único que mantenía la cordura; el único en el que se veía normal; el único en el que tenía fuerzas para seguir
El mundo se apagó durante instantes y pudo sentirse de nuevo a gusto entre sueños.
Pero una voz lo despertó y le hizo levantarse.
Su madre tenía el rostro cambiado. La expresión de preocupación que había estado marcándola hasta ahora parecía haber desaparecido; ahora había algo más duro, algo nuevo, algo extraño.
Al salir del coche, el viento que corría por los alrededores del hospital parecía más frío que nunca. No era extraño estar allí, ya había pasado más de un día buscando a alguien que pudiera verle, pero algo hacía ver que esta vez era mucho más "desesperado".
Había empeorado, era consciente pero, ¿por qué esta vez debía quedarse allí?
Estaba desconcertado, pero poco a poco fue asimilando que era mejor esperar, era mejor aguantar.
La ambulancia llegó a su destino después de seguir todo el camino a una velocidad tan temeraria como alarmante. Era un lugar nuevo al que, sin saberlo, se acostumbraría casi por supervivencia.
Montones de niños como él se recostaban en sus camas como podían. El ambiente era extraño; nunca, ni en sus más imaginativos sueños, podría haber previsto algo igual. No eran solo gérmenes ni virus los que poblaban el aire, no; el miedo circulaba como si se tratase de un gas más, hundiendo a cada persona a la que él podía mirar, transmitiendo su pánico a quién era capaz de sentirlo.
Habitación 324. Fue lo que más recordó al atravesar los pasillos de la 3ª planta, entonces despoblada y con la marca de la vida que la había llenado durante toda la mañana incrustada; parecía muerta, demasiado tranquila.
Se sentó en uno de los dos sofás de "su nueva casa", sorbió el vaso de leche que una de las enfermeras(sin duda las mejores habitantes de aquel lugar)le había dado y se durmió, dejando que todo terminara.
Aquellos días serían los más extraños de su vida y aun hoy se pregunta qué fue exactamente lo que ocurrió.

Y es que nadie crea mejores historias que el destino.

domingo, 8 de enero de 2012

Fallen angels

El avión emitió un silbido: El señor Cole les indicaba que había llegado el momento de despegar.
-Intenta recordar lo que te he dicho- le susurró Daniel.
-¿Qué parte?- preguntó Luce, un poco asustada.
-Todo lo que puedas pero, sobre todo, que te quiero.

sábado, 7 de enero de 2012

Frío

Frío y miedo. Mis lágrimas caían sobre ella como gotas de lluvia sobre un cristal. En sus ojos cerrados, ya no se atisbaba ni rastro de aquella pizca de dulzura que me despertaba cada mañana.
De sus labios, que un día habían sido dos nubes de color carmín, no salía ni una palabra. Su voz sellada para siempre bajo el manto púrpura del silencio.
Recorrí cada centímetro de su cuerpo buscando, en algún pliegue de su piel, una señal de que ella aún seguía allí; pero no. Ni siquiera en sus manos, que durante años me habían resguardado y protegido de mis temores, encontré el calor que recordaba, no; ahora, como dos témpanos de hielo, señalaban que allí no había nada por lo que quedarse.
Y me fui, sintiendo a la muerte en cada lugar, a cada momento; esperando.

viernes, 6 de enero de 2012

Hay peores cárceles que las palabras

Palabras.
Cárceles de aire y tinta en las que viven encerrados los recuerdos y los sueños, presos del olvido y la espera; atrapados por un pasado muerto y un futuro invisible.
El presente es libre, se expresa en otro idioma. Los actos dominan este tiempo constante, pero finito y se sienten fugitivos de su propio ser, ya que, por un instante, han sido más que palabras.
Estos "actos" nunca mueren. Como si la cadena perpetua fuera su castigo, están condenados a viajar eternamente, encerrados en cúmulos de letras mudas, que nunca llegarán a poder mostrar su verdadero sentido. Se mueven con el viento, sin más pausas que las del silencio. Viajan con él hasta convertirse en una parte más del aire y se dejan llevar sin rumbo fijo, ni sendero marcado. Se limitan a seguirlo como fieles presas, convirtiéndose en sus esclavas, siendo su sombra; la sombra del viento.
Pero éstas solo son un daño menor, no el enemigo.